Miguel Omar Lavalle Herrera – “No he regresado”

Miguel Omar Lavalle Herrera – “No he regresado”

Autor: Miguel Omar Lavalle Herrera

 

Éramos pequeños cuando caminábamos por la calle principal, con sus árboles enormes y suelo adoquinado. Nos gustaba pasear por ahí, se sentía uno importante, perteneciente a otro mundo. Yo escuchaba a mi madre decir “algún día tendremos esto… algún día tendremos aquello”, yo creía que lo teníamos todo.

Fue difícil cuando Don Benjamín, nos corrió de su tienda. Estaba cerca de la iglesia de San Juan, Ahí surtíamos lo que se necesitaba para comer algunos días. El problema que tenía mi padre en la mano y su depresión nos orillaron al infortunio y a palidecer los temas de dinero. Fue difícil ese día, lo recuerdo bien; pedimos leche, pan y un poco de verdura, mi papa sin hacer bien los cálculos, se dio cuenta que no podía pagar. Le faltaban cinco pesos o menos y Don Benjamín nos corrió.

Pasábamos por la calle principal, jugando, viendo el cielo, imaginando que éramos cohetes. Había muchas tiendas, encontrabas ropa que vendía una señora “gringa” que nunca pude recordar su nombre, pero tenía gestos que llamaban mi atención y a pesar de su edad se conservaba bien. En una casa color mamey un tipo vendía objetos de construcción, le decían Caballero, me imagino que, por su apellido, porque había dos familias con ese apellido que vivían cerca. Lugares de comida rápida y tiendas era lo que más pululaba y mientras mi madre se esforzaba para pedir fiado, nosotros contemplábamos con ojos de halcón la comida que se servían en estas fondas; esas sopas con colores vivos y el olor que emanaba la carne me situaba en un lugar como los que salen en las películas; elegantes, con música clásica y gente refinada.

Llegábamos a casa y añoraba caminar otra vez por la principal, era quizá el único lugar donde alimentaba mi fantasía. En la casa no sufríamos como Nico, que era mi amigo, entrañable amigo, el único que tenía. Su papá les pegaba y se escuchaban los gritos cuando mamá nos acostaba y nos daba el beso para dormir. Y mientras a mi me besaban a Nico le pegaban y yo no podía con ese sufrimiento, quería ser Nico por un momento, para amortiguar los golpes y turnarnos, así se podía aminorar la desdicha.

Era un hecho que los días con mi hermano eran mejores. Éramos tres y yo era el segundo, el de en medio. Cuando Miguel llegaba, mi mamá se sentía tranquila, percibía en ella, una especie de paz que solo existía al ver a mi hermano en casa. El estudiaba fuera de aquí, en una ciudad más grande que quedaba a dos horas en autobús. Yo no sé como le hizo mi padre, porque tener un hijo estudiando fuera era un reto fuerte, eso lo escuché, pero también por escuchar lo que no debía, supe que mi abuelo Miguel, el papá de mi mamá, pagaba la escuela de Miguel, esperando que se convirtiera en abogado, así le llaman a los hombres o mujeres que se dedican a sacar a otros hombres o mujeres de la cárcel. Mi abuelo estuvo en la cárcel, por algo que pasó en 1968, así escuché: “por lo que ocurrió el maldito 2 de octubre del 68”, entonces creo que mi abuelo quiere alguien que lo ayude por si vuelve a meterse en un problema.

Nuestra vida cambió, dio un giro que yo no esperaba, cuando nos tuvimos que ir a una casa que se encontraba en otra zona de la ciudad. Me dijo mi mamá que fue por dinero. Siempre el dinero, siempre. Ya no podíamos pagar la renta y acabamos viviendo en una casa que, si bien no era horrible, tampoco tenía algo que me gustará. No entraba luz en las mañanas, tenías que prender los focos. Eso me ponía triste, entonces mamá me preguntaba “¿Qué tienes?” y yo solo movía la cabeza, poniendo de manifiesto con los movimientos que no tenía nada. Yo sentía tristeza, un desgarramiento, algo que no sé cómo surge, ¿De dónde proviene la tristeza? Probablemente surja en el corazón, como una energía que abarca nuestro ser y lo devora, entonces no piensas en otra cosa y sientes en el pecho algo raro, como si habitara un ser que en cualquier momento saldrá de las entrañas y te dejará un enorme hueco. Siento que eso es la tristeza.

Los días como las noches no me asentaban bien. Nuestra gran salida, era visitar el mercado, que se encontraba cerca de esta nueva casa y comprobamos verdura, y dos pesos de dulces, el sabor era parecido a menta, pero sabíamos que no eran de menta. Yo en el fondo anhelaba ir a la calle principal, ver a Don Benjamín, aunque nos hubiera corrido, oler los sabores de esas fondas, que para mí eran como restaurantes franceses y caminar por ese piso, en el que a cada paso imaginaba formas y las trazaba en mi mente, eran formas que tenían colores, con trazos perfectos y emanaban luces en cada arista, se intercambiaban, volaban, se contorsionaban, entonces el círculo, se convertía en triángulo y después, este se convulsionaba y se formaba un cuadrado que cambiaba al mismo tiempo de color, mamá me hablaba, me decía algo referente a tener cuidado al caminar y en ese momento ya no existían las figuras.

Definitivamente mi situación, a mi edad, mi situación… era deprimente, yo quería ser feliz y parece que una calle, una simple calle, lo era todo para mí. Llegar a la calle era aventurarse a tomar dos camiones y mi papá no tenía ni para su boleto. Caminando quedaba a una hora y media, pero se debía cruzar un barrio, donde según mi madre, había prostíbulos, alcohol y hombres haciendo porquería y media. Que difícil fue el día que planee ir a la calle solo, porque yo tenía siete años, y no sabía ni siquiera mi dirección, conocía las calles, pero no la dirección, así que si alguien me preguntaba “¿Dónde vives?”, yo empezaba a decir las calles.

Fue entonces el día que mamá fue con el Dr. Flores, que yo pensé en la oportunidad. Tenía que ir de nuevo a la calle. Esperé que caminará hacia la norte 35, ahí tenía que doblar forzosamente en otra calle donde había buganvilias, y con ello debía cruzar otras cuatro calles.

Salí de la casa sin que Genaro se diera cuenta. Dormía mucho. No sé si es cosa de los hermanos menores o solo era el caso del mío, pero ya eran cerca de las once de un sábado y seguía durmiendo. No sabía dónde estaba mi papá. Salí con paso apresurado, procurando que no me viera ninguno de los vecinos, que no hubiera un ojo que vigilara mis actos. Le pregunté a un anciano sobre cómo llegar a la principal. Vendía cocadas y jamoncillo. Me indicó hacia donde debía dirigirme para llegar al destino. Tenía miedo por el barrio del que yo tenía referencia como “malo”. Llegando al lugar por el que forzosamente debía pasar, solo vi algunas botellas de cerveza “Carta Blanca” rotas en el piso, con sus vidrios color ámbar o café, las etiquetas adheridas al piso y a lo que restaba de botella. Yo no percibí el ambiente negativo, solo había además de las botellas, otros papeles y una especie de suciedad en general. Un bar abierto era el único que permitía el acceso y dos mujeres con minifaldas color rosa y verde claro, deambulaban por ahí esperando algo, esperando la oportunidad de establecer el vínculo efímero, el pago rápido, la pertenencia al cuerpo por unos minutos, un momento aguantar el asco y ya está.

Continue el camino, me faltaban pocas cuadras. Ya divisaba de lejos el anuncio de una farmacia que vendía las aspirinas más baratas los días lunes.

Llegué. A mí me dijeron que nosotros padecíamos de problemas del corazón por el lado materno. Sentí la taquicardia, sentí las palpitaciones, me preocupé de morir ahí, la alegría y el redescubrir de un niño, de la cosa sencilla, de una calle, de eso pude morir. Comencé a caminar por el suelo adoquinado, las figuras se mezclaban de nuevo en mi mente, sus colores, aristas, vértices, el cambio, la conexión entre ellas, la fusión. Círculos, triángulos, cuadrados y otra vez círculos.

La calle y sus fondas. Unos sabores a la mejor comida y me asomé de nuevo como un perro en carnicería, esperando el pedazo de longaniza roja, con aroma fuerte a especias, sabrá Dios de que cosas está hecha, pero queriendo alimentar el paladar. Me saludó la señora gringa que vendía ropa. Seguía disfrutando de la calle, pero me senté en una banca a observar cómo veían los demás la calle, la calle que para mí era la felicidad completa. Yo supe observando el escenario que las personas, caminaban ensimismadas en los problemas rutinarios, los problemas de adulto y que los círculos y triángulos, para ellos no existían, solo era un suelo gris, normal, común, lo más común, una existencia, sin sentido, sin formas. No había nada en sus miradas, ni un punto de sorpresa. Yo, que me embelesaba por la hermosura de la calle, por la forma en que le daba el sol, en el movimiento de los árboles con la fuerza del viento, me encontraba ahora triste, porque nadie más veía lo que yo, todo parecía “normal”, ¿Pero que no veían lo hermoso de esta simple calle? Tanta simpleza, desde mis adentros profanaba hermosura.

Yo permanecí con un aire abyecto, en ocasiones sentado, caminaba en idas y vueltas, rodeando los árboles. Después supe, que me buscaban, que fueron días los que estuve perdido, no sé dónde me escondí, en que espacio cerca de la calle me fui a esconder, pero yo necesitaba estar ahí. Necesitaba respirar ese aire que es el mismo de todos, pero que en ese momento solo pertenece a la calle.

Me encontraron dormido cerca de la tienda de ropa de la gringa, dormido, muy dormido. Con una pesadez similar a la de un borracho incurable.

Nos fuimos a vivir a otra ciudad. No he regresado a la calle principal.

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